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TERESA ABAJO
Aquí es donde nace el caudal que llega hasta los grifos de más de 200.000 bilbaínos, el 67% de la población. En un paisaje de postal próximo a Balmaseda, justo después de la señal que anuncia la entrada en la comunidad de Castilla y León. Después de 75 años en servicio, la presa de Ordunte es tan familiar que sólo llama la atención por la belleza del entorno, pero pronto mostrará al detalle sus facetas menos conocidas. El Ayuntamiento ultima un dispositivo que permitirá controlar todos los parámetros del embalse a 40 kilómetros de distancia, desde las oficinas del área de Obras y Servicios. Es lo que los técnicos llaman «auscultar» a un paciente de gran envergadura.
Los servicios municipales ya vigilan por Internet desde finales del año pasado los 500 kilómetros de tuberías que componen la red de aguas de la ciudad. Con la integración de la presa de Ordunte en el sistema culminan las obras de mejora que se han acometido en los seis últimos años, y que abarcan desde la zona de esparcimiento hasta el corazón de la infraestructura. Alrededor del embalse hay un sendero de diez kilómetros que se recorre en dos horas de caminata, como indican los carteles. Es un buen lugar para aprender a poner nombre a los árboles, porque además de los fresnos del merendero -ahora desnudos- hay robles, hayas, encinas y madroños, entre otras especies.
Con las lluvias del largo invierno, y a pesar de la última tregua, la presa está llena y el agua empieza a entrar en los aliviaderos. Aquí, a diferencia del Zadorra, no hay compuertas. De este paisaje bucólico beben los bilbaínos 615 litros por segundo, según el caudalímetro instalado junto a la turbina de la central hidroeléctrica, aunque hay oscilaciones en el caudal. El consumo medio de la ciudad es de unos mil, y el resto procede del pantano alavés a través de la red del Consorcio. En el vaso de Ordunte caben 22 hectómetros cúbicos, o lo que es lo mismo, 22.000 millones de litros de suministro. La presa tiene 385 metros de longitud y 47 de altura.
Fue una obra faraónica que se inauguró en 1934 y, según el diagnóstico de los técnicos, se mantiene con buena salud. «En 1996 se hicieron algunas reformas para disminuir las filtraciones», recuerda la jefa de la subárea de Abastecimiento y Saneamiento, Noelia Izquierdo. El recinto cuenta con vigilancia permanente -trabajan ocho personas por turnos- y una compleja red de sensores. Incluso el paseo que se asoma al embalse, con bancos para disfrutar de las vistas, está sembrado de pequeñas piezas metálicas que forman parte del sistema. «Mediante instrumentos de topografía controlamos los movimientos de la propia presa». El vaso gigante siempre mueve «en función de la altura del agua», aunque resulte imperceptible para el ojo humano.
Tampoco es fácil imaginar cómo son las entrañas de la presa mientras se disfruta del paseo. La sensación de amplitud desaparece al entrar en las galerías que atraviesan la estructura de hormigón. Hay dos que abarcan todo el perímetro y otras que bajan hasta los cimientos, a 47 metros de profundidad. En vertical la recorren los drenes, perforaciones «en puntos estratégicos» que llegan hasta la base «para saber en qué situación está la roca», explica Izquierdo.
Indicadores de alerta
Junto a las escaleras discurre siempre un discreto reguero de agua, «las filtraciones del regato», y en los recodos se han instalado dos péndulos, manómetros y otros equipos de medición. Los datos que reflejan las constantes vitales de esta infraestructura -la presión que ejerce el agua en los cimientos, los caudales, lo que sale por los aliviaderos- llegarán, una vez procesados, al centro de control del Ayuntamiento.
Al sistema de auscultación, que ha costado 800.000 euros, sólo le faltan los últimos enlaces y entrará en servicio dentro de un mes. Los técnicos van a elaborar una base de datos con todos los parámetros de la presa y recogerán información durante un año para configurar patrones. De esta forma, si algún indicador se dispara se podrá detectar cualquier problema en tiempo real. También llegarán de forma automática los datos que ahora transmiten a diario los trabajadores desde la cola del embalse: el caudal, la velocidad del viento, la pluviometría, el agua que se devuelve al río y la que se envía a Bilbao.
Las escaleras bajan hasta el desagüe de fondo, donde está la válvula que permite el vaciado de la presa. Sólo ha habido que hacerlo una vez, para reparar los daños causados por un bombardeo durante la Guerra Civil. El nivel más bajo que ha alcanzado el agua, durante la sequía, es de 3 millones de metros cúbicos, la séptima parte de la capacidad del embalse. Entonces afloraron algunos de los puentes de las zonas anegadas, un paisaje muy distinto al que se contempla ahora al volver a salir al aire libre. El agua toma dos caminos, el caudal ecológico que regresa al río y el que llega a los depósitos de la ciudad tras pasar por la depuradora de Sollano. Aquí se quedan, además de los árboles, las antiguas casas de los guardas y la ermita, donde una vez al año se celebra una misa a la que acuden los trabajadores del embalse y los jubilados, incluso algunos de los que participaron en las obras. Su patrona es la Virgen de Begoña.
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