jueves, 11 de septiembre de 2008
Recorte de prensa publicado por www.diariovasco.com


GAIZKA LASA

Domingo doce del mediodía. Todo preparado para la regata esperada en La Concha. El público que conforma el decorado de un gran día de competición encuentra dibujado el terreno de juego. Ése en el que remarán las traineras, preparadas para su gran cita. Unos, pendientes de sus colores, otros del rendimiento que puedan dar el gran día.

Nadie repara en un campo delimitado a la perfección, con sus balizas interiores y exteriores. Todo limpio en medio. Listo para jugar. Igual que el año pasado. Como siempre. Eso parece. Pero, ¿de dónde salen esas balizas que no estaban hace un par de días? ¿Arte de magia? Casi casi. Más bien arte de un grupo de pescadores curtidos en la mar que se dedican a poner las porterías de un campo caprichoso, cambiante, inmenso, vivo y, a veces, peligroso. La mar.

A las seis y media de la mañana del domingo un grupo de proletarios de la mar merodeaban la zona donde Castro culminaba su exhibición horas después. Colocaban un bote aquí, otro más allá, un tercero junto a los dos, y el último formando una línea recta con los tres anteriores.

Ayuda de topógrafos

Llevan talkies y se comunican con dos topógrafos que les dan instrucciones desde La Rotonda y el Ayuntamiento. El primero les marca la separación exacta, 45 metros, que deben dejar entre los botes que hacen de balizas interiores. El otro, la alineación. Traza una línea imaginaria que une las cuatro proas de las pequeñas traineras. Además éste último se trasladará hasta Igeldo para indicar a los balizadores la ubicación correcta de las balizas exteriores. La que dibuje un campo perpendicular, exacto. Antiguamente, unos postes en Igeldo y otros en Ulía ejercían de guías. A ojo. Hasta que la topografía detectó irregularidades. Pocos grados de inclinación se traducen en bastantes metros de más para una de las calles. Y no está el horno para bollos.

Sabemos dónde deben colocarse las porterías del remo. ¿Cómo lo hacemos? Tres picachos o anclas se tiran al fondo del mar por cada baliza. Cincuenta metros de profundidad en la ciaboga exterior. Cien metros de cuerda por cada anclaje. Y según las instrucciones del topógrafo, toca tirar de una y otra cuerda para desplazar la baliza.

Lo hace un miembro del equipo, Imanol Artola, que salta de una pequeña embarcación a la gabarra donde se levanta la baliza. Una superficie de un metro cuadrado sobre el cual el trabajo resulta complicado, máxime si la mar se mueve. Bailando en alta mar, con el peso de cada picacho, unos 50 kilos, movido a mano y la exigencia de tirar de las cuerdas que salen de la baliza. Viste un traje de bucear, chaleco y hasta cuchillo. «Cualquier enganchada con un picacho te arrastra al fondo del mar. Tensar las cuerdas en medio de un fuerte oleaje y con corriente puede ser peligroso», reconoce Imanol. Por eso dos embarcaciones pequeñas, y el pesquero grande Isturiz Anaiak, «el portaviones» como lo llama Juliantxo, vigilan de cerca.

Rotura de cuerdas

Juliantxo lleva quince años balizando en la Bandera de La Concha y explica que «más que la mar de fondo, es el viento lo que dificulta la tarea. «Echas la cuerda en un punto pensando que es el correcto y el topógrafo te dice que te has desplazado 25 metros. Eso exige otro anclaje y cuesta enderezar la baliza. A veces hay que empujar incluso con la motora». El temporal provoca que las cuerdas se muevan mucho durante horas, lo que provoca en ocasiones que la fricción con las rocas del fondo marino provoque la temida ruptura. Y el follón garantizado. El campo de regateo modificado por el movimiento de alguna baliza.

Esta posibilidad es más real en el caso de las balizas exteriores del campo de la regateo femenino, por estar colocadas «sobre un fondo rocoso e irregular. Por eso las quitaremos una vez que den la ciaboga. No queremos arriesgarnos a que se rompan cuando vayan a participar los hombres. Sería bronca garantizada», dice Juliantxo.

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Tags: San Sebastián, Regatas

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